Desde que dio inicio la llamada guerra contra el crimen organizado en el año 2006, con el fin de enfrentar frontalmente a los cárteles de la droga mediante el uso de la fuerza y la militarización, una de las principales justificaciones ha sido el bienestar de la niñez, pretendiendo mantenerla lejos de las drogas. Así fue declarado en diversas ocasiones por el presidente Calderón. Sin embargo, lejos de reducir el índice de consumo de sustancias ilegales, o de disminuir los índices de violencia, entre otros efectos, dicha estrategia ha contribuido a crear condiciones en las que muchas y muchos niños han sido asesinados o han quedado huérfanos y deben enfrentar situaciones de descuido.
Desde que comenzó la guerra contra las drogas, ha habido un número cada vez mayor de niñas, niños y padres muertos que se cuentan por miles; decenas de miles de huérfanos y un número creciente de ataques a centros de rehabilitación contra las adicciones, incluyendo masacres de jóvenes consumidores de drogas, además de un importante incremento de ataques contra escuelas, que se traduce en una disminución significativa de la asistencia escolar por temor a la violencia.
Tan sólo en lo que va de este año, según cifras registradas por la Red por los Derechos de la Infancia en México, al menos 156 menores de 18 años han sido asesinados en hechos relacionados con esta guerra, más de 1,300 desde el año 2006. En el mismo sentido, las tasas de homicidio entre menores de 17 años se han incrementado, especialmente en los estados de Durango, Baja California, Chihuahua y Sinaloa. Durante los últimos tres años, las tasas de homicidios infantiles se han triplicado, incrementándose de 83 a 274 por año.
La violencia en México tiene múltiples implicaciones para la sociedad y, específicamente, para el desarrollo y bienestar de los niños. Por ejemplo, el fenómeno ha erosionado la capacidad de los adultos para cuidarlos, alimentarlos y protegerlos; muchas de las miles de personas asesinadas desde que inició la guerra contra las drogas eran padres y madres de familia. Si bien es cierto que ni el gobierno mexicano ni las diferentes organizaciones no gubernamentales que trabajan en esta área llevan un recuento del número de niños y niñas que han perdido a uno o ambos padres en la guerra, se estima que decenas de miles han quedado huérfanos como resultado de ésta.
Es importante tomar en cuenta el daño psicológico a largo plazo experimentado por los niños, derivado de los altos niveles de violencia y la desintegración de la familia, la comunidad y las estructuras sociales. Semejante daño es bien conocido y ha sido documentado en otras zonas de conflicto en el mundo, donde los efectos perjudiciales persisten durante varios años aún después de haber finalizado el conflicto.
Las consecuencias directas que observamos en México pueden ser devastadoras para la infancia en lo individual, en lo familiar y al interior de la comunidad.



























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